Soledad truncada

Aquel señor mayor y solo con un libro que parecía simulaba leer, una taza que parecía fría en su mesa, alrededor el escándalo de los sandwiches a la una de la mañana, había bandejas y había esperas en la caja registradora y él levantaba la vista y yo no podía saber qué título tenía entre las manos, miraba alrededor intentando no estar solo y me conmovía su pequeño bigote y su gabán apoyado sobre las piernas cruzadas. Tenía que hacerlo, tenía que acercarme con mucha cautela sorteando las comandas, el esfuerzo merece la pena y esa noche al acostarme un motivo para la conciencia limpia, el confort del gesto solidario, y me levanto y me aproximo pero de repente su mirada fija enfoca tras la mía, una sonrisa con nombre de nieta y padres aparece tras un telón invisible y el teatro del encuentro se despliega, se expande con violencia, con la dura expresión de un local de madrugada lleno en el que apuro mi taza y paso por la caja registradora en compañía de un Kafka. Regreso a casa.


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