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Mostrando las entradas etiquetadas como Relatos mínimos

Lavinia y las acuarelas

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  Lavinia salía al campo y pintaba acuarelas. Se quedaban a la espera desnudas bajo el cielo y los bocetos eran recreados bajo la tormenta o la niebla húmeda, deconstrucción del paisaje, de un rostro, la lluvia terminaba sus acuarelas abandonadas cuando Lavinia dejó de existir, y nosotros las recogíamos para decorar su habitación, su escuela, las calles mojadas.

Un bosque

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Atravesó la espesura esparcida con tal levedad que su ruido es silencioso, el otoño alfombrado a fuerza de viento donde no hay firmeza: las hojas ceden sin esfuerzo ante los pasos de Adamaris. Los gigantes contemplan la despedida del crepúsculo desnudos tras aquellos días de pérdida, pero ella piensa lo contrario: son majestuosos, formidables. Entonces apoya su rostro níveo y descansa abrazando sus formas. Pronto se cubre el cabello de un aliento que fluye de sus propios labios entreabiertos, rozando la solidez que la acoge mientras anochece, el tiempo pasa y en la lejanía hay criaturas de lastimeros sonidos que despiertan, hay estelas celestes y hay una chimenea que no ilumina los ojos espesos, unos ojos espesos aún entornados como soñando. De repente Adamaris despierta y encuentra oscuridad, siluetas, cuentos de miedo. Divisa con estupor la remota luz de las cabañas en la falda de la colina, dentro imagina la madera consumiéndose, dentro imagina un hombre, una familia llorando al fue...

El té envuelto en desierto

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El té humeante se hundía en la arena al tiempo que comenzaba a caminar hacia la profundidad del desierto; sus pasos eran barridos por el viento áspero del atardecer, antes un resto de huellas en vaivén acompasadas con las gotas que desfilando una por una desde la tetera inclinada, parecían formar un patrón inteligible. Sareb sin embargo no lo comprendió al principio y gritó varias veces a Said por su nombre, implorándole que volviera. La única respuesta a sus oídos era el rumor de su vestimenta golpeada por el aire, bailarín infatigable con sus pensamientos solitarios, porque Said ya no pensaba, su silueta se iba absorbiendo por la pendiente de arena y su mente se hundía en destino. Ella al fin comprendió la escena, esa escena plana y de sombras alargadas, como las que se aproximaban a su espalda casi sin rumor. Se dio la vuelta y el contraluz anaranjado que le cegaba los ojos apenas le permitía reconocer las formas que llegaban a su encuentro, adornadas con hojas afiladas como la luna...

El ámbar

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Quería un peso de tiempo en el bolsillo, el tener atrapado en un puño algo tan escurridizo como esos nombres en forma de siglos, más allá, miles de siglos; no dejó de obsesionarse con ello cuando conoció a la bella Silvana y supo que iba a su tierra, lugar donde había tiempo atrapado en fragmentos de muy buena calidad y que le podría conseguir uno si se lo pidiera. Así lo hizo y se lo prometió a cambio de quedar con ella fuera del trabajo, a lo que accedió sin dudar. Pasaban las horas, más allá los días, un par de semanas y aumentaba su nerviosismo, por las noches imaginaba tocar y tener a pocos centímetros de sus ojos una porción de lo imposible, de lo pretérito indefinido. Por fin Silvana regresó, y con sus dedos de azúcar posó la pieza ambarina sobre aquella mano temblorosa mientras pedía un refresco que tardó en llegar, a partir de ese preciso instante todo empezó a tardar más, a dilatarse como una burbuja en su mente. Ella le pidió que la acompañara hasta su casa y subir para d...

Soledad truncada

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Aquel señor mayor y solo con un libro que parecía simulaba leer, una taza que parecía fría en su mesa, alrededor el escándalo de los sandwiches a la una de la mañana, había bandejas y había esperas en la caja registradora y él levantaba la vista y yo no podía saber qué título tenía entre las manos, miraba alrededor intentando no estar solo y me conmovía su pequeño bigote y su gabán apoyado sobre las piernas cruzadas. Tenía que hacerlo, tenía que acercarme con mucha cautela sorteando las comandas, el esfuerzo merece la pena y esa noche al acostarme un motivo para la conciencia limpia, el confort del gesto solidario, y me levanto y me aproximo pero de repente su mirada fija enfoca tras la mía, una sonrisa con nombre de nieta y padres aparece tras un telón invisible y el teatro del encuentro se despliega, se expande con violencia, con la dura expresión de un local de madrugada lleno en el que apuro mi taza y paso por la caja registradora en compañía de un Kafka. Regreso a casa.

El pececillo de plata

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Un tratado de filosofía medieval con un espléndido lomo descosido, a esa hora de la tarde-noche en que la oscuridad se va apoderando es todo lo que se necesita tras los pasos arrastrados del librero, cuyas gafas de pasta carey dan el último vistazo del día a los estantes repletos de palabras. Los portones se estremecen tras el rechinar de los goznes, del ventanal entran luces de colores y es el momento de recorrer ese olor a tinta, a celulosa descompuesta, tolueno y furfural. A fuerza de recorrer pliegues y párrafos acartonados, costuras sueltas, el pececillo de plata aprendió a distinguir las grafías de antiguos idiomas, el pulso del amanuense y algunas sabidurías ocultas. Sus antenas y sus pulsos menudos brillaban en las sombras y se nutrían de espacios en blanco y resquicios hasta el amanecer, donde tocaba moverse al refugio en los volúmenes del fondo. En una mañana otoñal un erudito quiso acceder a un ejemplar único, y ojeando absorto con las yemas de látex encontró una i...

Nubes de occidente

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El maestro desenvainó su espada muy despacio, dejando que las nubes de occidente se tiñeran de un rojo liviano. Su mirada absorta en el horizonte inundaba la retina de Mikao, el aprendiz, estremecido por el extraño juego de sombras y luces entre la figura humana y ese horizonte en posición de estiramiento, cada vez más cercano, más opresivo. Instintivamente se alejó unos pasos de esa especie de escenario a medio camino entre el teatro de sombras y la estela de las luciérnagas. El arma cortaba cada vez con más precisión la porción del espacio donde el disco solar en su cansancio luminoso doraba la frontera del metal, reflejando con precisión las pupilas del maestro. Mikao siguió retrocediendo, y de una manera casi anunciada tuvo la certeza de que la espada gobernaba la mano y ya no la mano a la espada, de que aquella danza ritual en la muerte de la luz fue el momento elegido, el tiempo propicio para esculpir la distancia de su propio miedo, ese miedo del instante en qu...