Atravesó la espesura esparcida con tal levedad que su ruido es silencioso, el otoño alfombrado a fuerza de viento donde no hay firmeza: las hojas ceden sin esfuerzo ante los pasos de Adamaris. Los gigantes contemplan la despedida del crepúsculo desnudos tras aquellos días de pérdida, pero ella piensa lo contrario: son majestuosos, formidables. Entonces apoya su rostro níveo y descansa abrazando sus formas. Pronto se cubre el cabello de un aliento que fluye de sus propios labios entreabiertos, rozando la solidez que la acoge mientras anochece, el tiempo pasa y en la lejanía hay criaturas de lastimeros sonidos que despiertan, hay estelas celestes y hay una chimenea que no ilumina los ojos espesos, unos ojos espesos aún entornados como soñando. De repente Adamaris despierta y encuentra oscuridad, siluetas, cuentos de miedo. Divisa con estupor la remota luz de las cabañas en la falda de la colina, dentro imagina la madera consumiéndose, dentro imagina un hombre, una familia llorando al fue...