El doblez del periódico
Durante una época por circunstancias tuvieron que ir el padre y los tres hermanos a comer al restaurante tradicional del barrio. Solía atenderles el camarero de libro, servicial, impecable blanco y negro, gran bigote y calva reluciente, nunca se sentaron en la zona del aprendiz de ojos grandes y asustados, de gestos robóticos que eran objeto de burla del hermano pequeño. El encargado solía departir recostado en la pared de la esquina de la mesa redonda, una especie de reservado a la vista de todos, donde se acomodaban varios encorbatados de la caja de ahorros de diversas edades y que habían terminado su jornada, se diría que era la imagen del discurrir generacional de la oficina. El ambiente se animaba y entraban monos grises, monos azules, manos resecas de pintura, de polvo de ladrillo o con restos de soldadura, botas de puntera reforzada o zapatillas de loneta con gotas. Las cocinas a veces exhalaban desde las marmitas un vapor leguminoso que se cruzaba con el hielo cortante de la pu...