La chica de Valjaras
Una
tarde donde los estudiantes ya salían de las facultades me encontré
con Santi, un antiguo compañero locuaz y aspirante a médico, me
saludó muy efusivo para contarme sus primeras clases de anatomía
pero de algún modo que no recuerdo la conversación giró tras el
segundo café a sus recuerdos sobre una chica que conoció hace unos
meses, algo que agradecí enormemente.
“La
conocí a la salida del teatro, había ido con mi hermana y su chico,
pensábamos tomar algo en el primer bar que encontráramos antes de
separarnos. Al acceder por la puerta giratoria coincidí con ella y
tuve que cederle el paso porque quizá no quería que entráramos los
dos a la vez, pero mi mirada de reojo percibió una sonrisa y con un
gesto de su guante me invitaba a girar con ella. Girar es lo que he
estado haciendo a partir de entonces, pero a su alrededor, orbitando
como un insignificante asteroide alrededor de esa atracción, siempre
a una prudente distancia, aunque cada vez menor. Quiso aceptar una
bebida sin alcohol, esperaba a unos amigos que no llegaban, quiso
conversar y parecía embelesarme y hacer caso omiso de mis
acompañantes, se concentró en mí y nadie más que ella y yo,
teléfonos, un me tengo que ir ya como cenicienta en la medianoche, y
de ahí al veneno no media un paso; a ellos dos les dejó más bien
fríos como el fondo de su mirada, pero para mí ya era una chispa de
dulce calor en el manto frío de la noche.
La
llamé por supuesto antes que ella a mí y estaba muy ocupada, hacía
teatro y se juntaba con artistas que tuve que conocer sin voluntad,
mientras en mí crecía un deseo que me empezaba a descontrolar y
empecé a ver rivales en algunos de sus amigos, sin duda espejo de lo
que era. Decidí ir a por todo, y tras conseguir tenerla entre mis
brazos un par de tardes de sol rasante que doraba sus pómulos, me
convenció para quedar en su barrio de Valjaras; así pues armado con
una americana poco usada y un ramo de flores monté en un autobús
interurbano que me iba a alejar cada vez más de mis aspiraciones o
mejor dicho ansias; dado mi desconocimiento todos los edificios y
glorietas me parecían igual a la luz anaranjada de 90 vatios por lo
que me salté el único edificio relevante y señal de parada, el
teatro municipal, de modo que el vehículo viraba de nuevo hacia
Madrid y mi cara lánguida y el ramo eran todo uno, tanto debió ser
así que el conductor se compadeció tras mi pregunta absurda sobre
dicho edificio a esas alturas de trayecto y detuvo el vehículo fuera
de parada. Descendí y la temperatura y los nervios me helaron la
espalda; tras la ayuda de varios transeúntes preocupados por el
estado de los gladiolos y por mi cara de témpano llegué al fin a su
casa, tardó en bajar y lo hizo en chándal, le gustaron las flores y
las dejó en su regazo, sentados en un banco rodeado de litronas
vacías insistí en “lo nuestro” pero no había nada de eso, no
sabía de qué le estaba hablando, me prometió eso sí que las iba a
poner en agua y que cuando al fin se marchitaran guardaría el
recuerdo en su corazón, para mí más bien las iba a ahogar en agua
como el naufragio de mis sentimientos -no te puedo dar más, no soy
la persona que buscas, creo que no me has interpretado bien...- mi
mayor preocupación ya era no perder el autobús de vuelta y
refugiarme en el aire caliente y el vaho de la ventana donde apoyar
la cabeza...”
Santi
seguía hablando pero sin aportar mucho más, a la fuerza tuve que
desconectar de su relato para no reflejar en mi cara la estupefacción
que sentía, necesariamente tenía que asimilar y reordenar todo lo
que estaba impresionando mi entendimiento a medida que la historia
progresaba, pero no podía dejar de escucharle, de imaginar
exactamente esas escenas tan en primera persona.
Le
quise decir que su discurso era una película vívida y directa, y
que yo también fui de un giro tras otro, y que yo le llevé flores y
le hice fotos mate a 20x30 con el ocaso de fondo o los leones del
Retiro, y también regresé con el único consuelo del ruido infernal
del autobús y los badenes nocturnos, como con seguridad hicieron
unos cuantos más, gravitando sobre sus pequeños labios, los
reflejos plateados de su mirada, sus pómulos carnosos.
Me
olvidé de Santi, me olvidé de la coincidencia, pero al cabo de unas
semanas no pude resistir y me acerqué de nuevo a donde vivía con la
sensación del pasado, de que ya no estaría allí; en una tarde
plomiza de octubre la terraza de su casa estaba deshabitada, y como
testigos de su paso un gran jarrón de cristal rajado, coronado por
multitud de flores secas, un cuento repetido detalle por detalle, qué
sería de ella, qué sería de sus hechizados.
Quien
sabe porqué, ella solo quería la realidad del gesto, del
pronunciamiento, como personajes en su escenario sobre un guión
preestablecido; a veces se obtiene mayor sustancia de la materia del
sueño y el anhelo es más profundo cuando se vive en la pregunta, en
la posibilidad, que cuando se ha capturado y domesticado ese vuelo
libre en que siempre estuvo atrapada la chica de Valjaras. Quizá eso
es lo único que pudimos aprender.

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