La portezuela


Al levantarme para ir al baño encontré la puerta de servicio de la cocina entreabierta, me asomé sin motivo y con el ángulo de mi parte divisé en fugaz vistazo una estancia trasera con el suelo salpicado de restos de verdura, bajo una mano huesuda y un cortador en todas direcciones. Un elemento más del frenesí del lugar, me dije, regresé y la velada continuó, para mi fortuna los compañeros próximos de mesa pronunciaban bien y no me quedé demasiado aislado, no obstante un respiro y me excusé saliendo al exterior por la trasera al callejón, con seguridad más iluminado de lo habitual por los reflejos de los rascacielos en los charcos, cierta emoción al distinguir la luz de la oficina, esquina izquierda del piso 17 edificio New Financials; al fondo las escaleras de metal recortadas contra el cielo y los muros de ladrillo, aún destilando gotas. Mientras localizaba el resplandor de la luna ante la amalgama de luces un sonido constante tras una portezuela contigua; me acerqué despacio y tras la rendija una bombilla y un señor enjuto, camiseta de hombros y gorra de baloncesto, recogiendo cebollas de unos sacos a una gran cesta de espadaña. Era el lugar que había entrevisto unos minutos antes desde dentro del local; levantó la vista y sus ojos finos sonrieron, realmente me sonrieron bajo el sudor de su frente, y la luz desnuda multiplicada en sus gafas de culo de vaso; abrió y me invitó a pasar, tiré el cigarrillo y se puso a pelar y pelar a gran velocidad, murmurando en una jerga imposible para mí. Se detiene y me da la mano negra, señala con gran aprobación mi corbata de seda azul, de dónde era yo (por fin entendí una frase), de España, me sonríe aún más, es más, comienza a reír y de un salto me enseña unas cajas apiladas al fondo del antro, “Spanish onions”, me estrecha de nuevo la mano con decisión, me explica a trompicones pero despacio que su familia come gracias a estas cebollas y por ello está muy agradecido a todos los agricultores que las cultivan y producen, en verdad es lo que le posibilita salir adelante a él, su esposa e hijos. Y se vuelve a sentar y la bombilla oscila ante el viento de la noche, pero él sigue, y seguirá afilando la cuchilla para mondar más y mejor, sin tiempo para llorar.                                                   Me despido de él no sin antes tener que aceptar la que ha metido en el bolsillo de la americana, un regalo, un recuerdo me dice, con pan de semillas duro de dos días es un manjar. De vuelta a la mesa de copas apiladas un aluvión de frases difíciles, chistes y miradas que no entiendo y relojes de marca y gomina sudada en los comensales.                           Por algún motivo planté la cebolla al lado del monitor y tal vez por casualidad se dio un microclima favorable para su crecimiento; desde la ventana de marco de acero a veces me asomaba cuando era muy tarde y se podía intuir la portezuela allá abajo, al fondo, como un parpadeo de luz sobre todo en noches de lluvia.



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