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Mostrando entradas de mayo, 2020

Las terrazas

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A veces me parecía interesante observar las terrazas de los edificios que se desplegaban como un ala poderosa, como bostezos del horizonte urbano. Me gustaban y me daban algo de pena, cuando paseaba sin rumbo por el laberinto de fachadas de ladrillo en bruto, de figuras inst antáneas que van y vienen en dos segundos, de la porquería ya no manchando las aceras sino haciéndose calle en sí misma con todo el derecho a ser considerada parte inseparable de ellas. De repente me quedaba quieto en una esquina y elevaba la vista hacia ellas que me observaban y observaba, suspendidas en hileras, con ese algo de exhibicionismo en aquel puñado de vacío y objetos personales como extensión de lo oculto, de los secretos medio descubiertos del extraño permanente, aquel poblador soberbio por su altura y su punto de vista. En el cuaderno de notas escribí lo siguiente como poética de mis reflexiones: ”Mi conciudadano, que descubres a vista de pájaro allá arriba lo lejano de lo cotidiano apoyado en tu ...

El ámbar

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Quería un peso de tiempo en el bolsillo, el tener atrapado en un puño algo tan escurridizo como esos nombres en forma de siglos, más allá, miles de siglos; no dejó de obsesionarse con ello cuando conoció a la bella Silvana y supo que iba a su tierra, lugar donde había tiempo atrapado en fragmentos de muy buena calidad y que le podría conseguir uno si se lo pidiera. Así lo hizo y se lo prometió a cambio de quedar con ella fuera del trabajo, a lo que accedió sin dudar. Pasaban las horas, más allá los días, un par de semanas y aumentaba su nerviosismo, por las noches imaginaba tocar y tener a pocos centímetros de sus ojos una porción de lo imposible, de lo pretérito indefinido. Por fin Silvana regresó, y con sus dedos de azúcar posó la pieza ambarina sobre aquella mano temblorosa mientras pedía un refresco que tardó en llegar, a partir de ese preciso instante todo empezó a tardar más, a dilatarse como una burbuja en su mente. Ella le pidió que la acompañara hasta su casa y subir para d...

La portezuela

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Al levantarme para ir al baño encontré la puerta de servicio de la cocina entreabierta, me asomé sin motivo y con el ángulo de mi parte divisé en fugaz vistazo una estancia trasera con el suelo salpicado de restos de verdura, bajo una mano huesuda y un cortador en todas direcciones. Un elemento más del frenesí del lugar, me dije, regresé y la velada continuó, para mi fortuna los compañeros próximos de mesa pronunciaban bien y no me quedé demasiado aislado, no obstante un respiro y me excusé saliendo al exterior por la trasera al callejón, con seguridad más iluminado de lo habitual por los reflejos de los rascacielos en los charcos, cierta emoción al distinguir la luz de la oficina, esquina izquierda del piso 17 edificio New Financials; al fondo las escaleras de metal recortadas contra el cielo y los muros de ladrillo, aún destilando gotas. Mientras localizaba el resplandor de la luna ante la amalgama de luces un sonido constante tras una portezuela contigua; me acerqué despacio y tras ...

Soledad truncada

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Aquel señor mayor y solo con un libro que parecía simulaba leer, una taza que parecía fría en su mesa, alrededor el escándalo de los sandwiches a la una de la mañana, había bandejas y había esperas en la caja registradora y él levantaba la vista y yo no podía saber qué título tenía entre las manos, miraba alrededor intentando no estar solo y me conmovía su pequeño bigote y su gabán apoyado sobre las piernas cruzadas. Tenía que hacerlo, tenía que acercarme con mucha cautela sorteando las comandas, el esfuerzo merece la pena y esa noche al acostarme un motivo para la conciencia limpia, el confort del gesto solidario, y me levanto y me aproximo pero de repente su mirada fija enfoca tras la mía, una sonrisa con nombre de nieta y padres aparece tras un telón invisible y el teatro del encuentro se despliega, se expande con violencia, con la dura expresión de un local de madrugada lleno en el que apuro mi taza y paso por la caja registradora en compañía de un Kafka. Regreso a casa.

La chica de Valjaras

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Una tarde donde los estudiantes ya salían de las facultades me encontré con Santi, un antiguo compañero locuaz y aspirante a médico, me saludó muy efusivo para contarme sus primeras clases de anatomía pero de algún modo que no recuerdo la conversación giró tras el segundo café a sus recuerdos sobre una chica que conoció hace unos meses, algo que agradecí enormemente. “ La conocí a la salida del teatro, había ido con mi hermana y su chico, pensábamos tomar algo en el primer bar que encontráramos antes de separarnos. Al acceder por la puerta giratoria coincidí con ella y tuve que cederle el paso porque quizá no quería que entráramos los dos a la vez, pero mi mirada de reojo percibió una sonrisa y con un gesto de su guante me invitaba a girar con ella. Girar es lo que he estado haciendo a partir de entonces, pero a su alrededor, orbitando como un insignificante asteroide alrededor de esa atracción, siempre a una prudente distancia, aunque cada vez menor. Quiso aceptar ...