Las terrazas
A veces me parecía interesante observar las terrazas de los edificios que se desplegaban como un ala poderosa, como bostezos del horizonte urbano.
Me gustaban y me daban algo de pena, cuando paseaba sin rumbo por el laberinto de fachadas de ladrillo en bruto, de figuras instantáneas que van y vienen en dos segundos, de la porquería ya no manchando las aceras sino haciéndose calle en sí misma con todo el derecho a ser considerada parte inseparable de ellas.
De repente me quedaba quieto en una esquina y elevaba la vista hacia ellas que me observaban y observaba, suspendidas en hileras, con ese algo de exhibicionismo en aquel puñado de vacío y objetos personales como extensión de lo oculto, de los secretos medio descubiertos del extraño permanente, aquel poblador soberbio por su altura y su punto de vista.
En el cuaderno de notas escribí lo siguiente como poética de mis reflexiones: ”Mi conciudadano, que descubres a vista de pájaro allá arriba lo lejano de lo cotidiano apoyado en tu baranda, espacio pulido que te desnuda un poco y te acerca o te aleja un poco, allí estás dejando que el sol tibio o el sol cegador te dé vida y pueble los barrios como una consciencia más, y te sientes extraño y yo me siento extraño, pero en la confusión común se suceden las jornadas como la rutina que nos impregna.”
Me gustaba el reflejo denso proyectado por sus aluminios que me cegaban, me gustaba cuando se imponían si me observaban a mí, pequeño y sorprendido escrutador de lo cotidiano, cuando declamaban sus mecanismos de apertura y cierre de toldos de colores sucios como verdes selváticos o naranjas del atardecer, sus cuerdas, sus jaulas con pájaros que me transmitían un simbolismo demasiado fácil, su monotonía de puertas para adentro.
Me gustaban y me daban un poco de pena.

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