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El vaso de agua

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  Aquel verano empezó como el anterior, al menos yo lo recordaba así. El trayecto de mi casa hacia el edificio contiguo al hotel Maracaibo siguiendo el mismo trayecto, los mismos cruces y arbolados; todo parecía idéntico, producía la misma sensación que el año pasado, pensaba yo, como si la temporada de invierno escolar hubiera sido un breve paréntesis sin mayor importancia, como si no hubieran pasado nueve meses sino tan solo una noche de duermevela. Quizá el tiempo está empezando a pasar demasiado deprisa, iba diciéndome autocomplaciente sabiendo que en el fondo no era así, que esa sensación no era del todo cierta, y que en verdad estaba contento y expectante porque acababa de empezar el verano, aunque un verano que se preveía igual que el anterior; en su mayor parte urbano, en muchas fases aburrido a lo largo de numerosas tardes interminables, unos días de chicas cada vez más atractivas y lejanas, de miedos inconexos que iban dominando las relaciones sociales, aunque todavía per...

El montacargas, el ascensor

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  No sonaban igual, ni olían igual, porque no es igual un cubo de basura rellenándose piso por piso ni una colonia a granel de la droguería del barrio que lo que desprende un abrigo a medida, un destilado de marca completando huecos detrás de las orejas. No es igual un muelle engrasado que cierra solo con elegancia, atrapando los mejores efluvios del calzado y los metales luminosos, que el portazo pertinente para poder hacer uso de la botonera en cada parada, donde las zapatillas de loneta giran por el resquicio entre la colección de residuos y las paredes de chapa como bailarines en el escenario. No brillaban igual, no era igual entrar en un ambiente de dorados y reposabrazos que subía y bajaba con suavidad que en un galvanizado barato y gris, viva expresión de la inercia brusca, del miedo al hueco que abajo vivía. El mono azul, el cigarrillo a medias sacaban la basura al fin de la jornada y acordonaban paquetes de periódico a duro el kilo, pero antes de mañana escalaron escaler...

El doblez del periódico

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Durante una época por circunstancias tuvieron que ir el padre y los tres hermanos a comer al restaurante tradicional del barrio. Solía atenderles el camarero de libro, servicial, impecable blanco y negro, gran bigote y calva reluciente, nunca se sentaron en la zona del aprendiz de ojos grandes y asustados, de gestos robóticos que eran objeto de burla del hermano pequeño. El encargado solía departir recostado en la pared de la esquina de la mesa redonda, una especie de reservado a la vista de todos, donde se acomodaban varios encorbatados de la caja de ahorros de diversas edades y que habían terminado su jornada, se diría que era la imagen del discurrir generacional de la oficina. El ambiente se animaba y entraban monos grises, monos azules, manos resecas de pintura, de polvo de ladrillo o con restos de soldadura, botas de puntera reforzada o zapatillas de loneta con gotas. Las cocinas a veces exhalaban desde las marmitas un vapor leguminoso que se cruzaba con el hielo cortante de la pu...

Piroforismos 2

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  6) Sopla el viento Lejanas letanías Llevan mi nombre 7) Atardecer Cansancio luminoso Envuelto en nubes 8) Es madrugada Noche oscura del alma Perdí mis gafas 9) Bosque incesante Entre el mínimo hueco Susurra el viento 10) De nuevo el mar Se detuvo a mirarte Cuando pasabas