El vaso de agua
Aquel verano empezó como el anterior, al menos yo lo recordaba así. El trayecto de mi casa hacia el edificio contiguo al hotel Maracaibo siguiendo el mismo trayecto, los mismos cruces y arbolados; todo parecía idéntico, producía la misma sensación que el año pasado, pensaba yo, como si la temporada de invierno escolar hubiera sido un breve paréntesis sin mayor importancia, como si no hubieran pasado nueve meses sino tan solo una noche de duermevela. Quizá el tiempo está empezando a pasar demasiado deprisa, iba diciéndome autocomplaciente sabiendo que en el fondo no era así, que esa sensación no era del todo cierta, y que en verdad estaba contento y expectante porque acababa de empezar el verano, aunque un verano que se preveía igual que el anterior; en su mayor parte urbano, en muchas fases aburrido a lo largo de numerosas tardes interminables, unos días de chicas cada vez más atractivas y lejanas, de miedos inconexos que iban dominando las relaciones sociales, aunque todavía permanecía el objetivo de completar la colección de cromos, o de evitar la tentación de los padres de mandar recados y tareas, empeñados en interrumpir la ociosidad ganada a pulso.
Me dirigía a casa de por aquel entonces uno de los mejores personajes con quien compartir básicamente el hastío, la cotidiana rutina de las vacaciones restringidas a nuestras estrechas vivencias. J. me esperaba esa mañana sentado en las escaleras que daban a su portal, justo al lado del hotel Maracaibo con su entrada ancha de puertas de cristal y pomos de bronce.
J. vivía con su madre y su hermano, hasta lo que yo sabía su padre no existía; el hermano trabajaba de portero en el inmueble y tenía bastante diferencia de edad con J., la verdad les veía muy poco parecido, siempre pensé que el hermano tenía mucho mejor porte que J. y que este podía ser adoptado, pero nunca me atreví a preguntarle.
Esa mañana J. estaba solo esperando (a veces cuando iba a buscarle su hermano estaba de pie fumando junto a él observando el tránsito de la calle, hoy no era el caso). Al verme llegar se alzó sobre sus gruesas piernas mientras deshacía el nudo de una cuerda que casi siempre llevaba entre las manos; le gustaba mucho la cabuyería, quizá por eso solía llevar las uñas largas, para mí era desagradable en cierto modo su obsesiva forma de repetir constantemente los mismos movimientos, hacer y deshacer, hacer y deshacer; esa mañana el calor ya era intenso, y le pregunté si podía entrar a su casa a beber un vaso de agua antes de tirarnos con los juegos de chapas al terrazo fresco de los soportales traseros. Subimos los peldaños que separaban el portal de la calle, y entramos empujando la puerta recién abrillantada por el hermano de J., que se hallaba al fondo sentado en un chiscón escasamente iluminado por un foco de luz macilenta, escueta, haciendo que la penumbra del vestíbulo se hiciera más espesa alrededor de la figura sentada allá al fondo del pasillo, y que con la cabeza girada nos estaba observando fijamente en un gesto estático, o al menos sin ningún cambio que yo pudiera apreciar en el recorrido hasta su posición, que sin duda me pareció más largo de lo que se podía considerar normal quizá por los ecos de nuestras pisadas en el parquet brillante, o en las paredes forradas hasta arriba de madera y silencio. Llegamos hasta el mostrador, nos saludamos escuetamente y el hermano de J. desvía la mirada hacia J. interrogándole sin hablar sobre nuestra presencia, J. le pregunta si podemos pasar a la cocina a tomar un vaso de agua antes de salir, -sí adelante, pasad y cerrad la puerta-. J. toma la llave que le ha dado su hermano y abre una puerta contigua al chiscón, accedemos a un diminuto recibidor iluminado lateralmente por una claridad que procede de la derecha, hacia donde J. rápidamente gira y yo le sigo, -esta es la cocina- me dice, yo asiento y bajo un poco los párpados ante la potente luz que se despliega ante mis ojos, habituados hace un instante a una semioscuridad que me ha nublado la vista, incluso el pensamiento. Sin tiempo apenas a adaptarme me presenta a su madre, una figura sentada delante de una mesa, a contraluz de un amplio ventanal ligeramente abierto cuyo efecto se multiplica por unos azulejos blancos y algo humedecidos por el vaho de una olla que debió terminar hace poco; tengo la sensación inicial de que la madre me sonríe levemente a pesar de unos ojos fijos, tan clavados como los que sentí en el pasillo de afuera con su hijo. -Este es T., un amigo de clase, queremos tomar un vaso de agua, hace mucho calor ya en la calle-, -claro que sí-, se gira hacia el ventanal sin levantarse del asiento y señala el armario que debe contener vasos, -coged del grifo aunque aquí no sale muy fresca, la botella de la nevera la acabo de llenar-. Mientras J. acude a buscar los dos vasos noto que la madre por fin desvía su mirada mientras le pregunta que a qué hora va a volver, y consigo observarla fugazmente en su atuendo de luto, quizá ahora esté mirando hacia sus manos apoyadas en el hule de plástico, quizá al propio hule, y a la vez me doy cuenta que hay pocos muebles, las paredes desnudas se reflejan sobre todo a sí mismas en lo que podría ser un juego de espejos, pocos utensilios sobre la mesa, aunque el fregadero y el escurridor sí están ocupados lo cual me tranquiliza en parte. J. trae dos vasos y los posa sobre la mesa, -siéntate en esa banqueta T. - me dice la madre, me siento ante dos vasos de agua turbia, una turbidez que tamiza esa fuente de claridad que parece absorber toda la estancia.
-El agua sale así, no sé porqué, pero poco a poco clarea, hay que esperar un poco, eh J.?-. Tras estas palabras de la madre nos quedamos en silencio, ella y yo sentados, J. de pie apoyado en el fregadero, observando como en efecto lentamente se disipa ese gas huyendo a la superficie, cegados por los brillos del plástico, la loza, el vidrio, envueltos en una especie de aura solidaria entre nosotros y los pobres objetos que, como en un estudio de luz renacentista, pareciera que componíamos un cuadro, una suerte de escena que desde fuera parecería absurda al espectador. Me preguntaba qué estaría pasando por la cabeza de J., de la madre de J., seguían mirando el vaso, yo no los veía pero lo percibía, quizá como ellos conmigo, ese pequeño universo donde confluían el deseo de la transparencia del agua, de la vuelta a la normalidad con la morbosidad de las burbujas y su forma de desaparecer en espirales, como pensamientos desvanecidos.
-Ya podéis beber -, repentinamente murmuró la madre; cogimos los vasos con prudencia y tragué derramando un poco, con un extraño nerviosismo por mi parte a medida que oía el ruido de mi propia garganta, -¿queréis más?-, -no gracias - le digo, -nos vamos ya madre -(J. recoge mi vaso rápidamente y lo deja en el fregadero junto con el suyo), -J. compra esto antes de volver, no pierdas el papel -, -que no lo pierdo, nos vamos -, -adiós T., tened cuidado-.
Salimos, el chiscón está vacío y el pasillo es una caverna profunda, llegamos al exterior, el hermano de J. nos saluda agitando un cigarrillo recién encendido.
Mientras nos alejamos le comento a J. -qué nombre más extraño tiene este hotel, Maracaibo, ¿eso está en la playa?, no pega nada, ¿a quien se le habrá ocurrido? -. J. está hurgando en la bolsa de las chapas y no se ha dado cuenta de mi pregunta.

Comentarios
Publicar un comentario
Pon aquí tu comentario trashumante