El doblez del periódico
Pero el que llamaba la atención era el señor anciano que se sentaba solo en su mesa centrada a la pantalla, de chaquetón de paño claro, de pantalones de tela neutra, jersey de pico sin mangas y camisas con rayas grandes, de marrones y amarillos normalmente pálidos. Siempre traía un periódico que doblaba con cuidado sobre el asiento donde se acomodaba, no sin antes elegir de manera casi ritual una página para el doblez, que repasaba al menos un minuto con cuidado, con atención, hasta que no se sentaba no llegaba el jefe de pelo gris prematuro a traerle la carta o a cantársela casi como una declamación lírico popular. Por qué parecía elegir el mismo número de página y no otro era de entre todos los alicientes que ofrecía el lugar uno de los más atractivos para el hermano mediano. ¿Elegía siempre la misma cada día o era una impresión equivocada? Y si fuera así, ¿lo hacía en virtud de alguna razón?, ¿cual?.
En la vorágine de las tres menos cuarto volaban los platos, llovían manteles de papel crujiente, se alzaban voces femeninas desde las cocinas y por la locución del telediario, gran mayoría de masculinas en la sala -la hermana mayor quizá intimidada hablaba bajito a sus dos hermanos- mezcladas con carraspeos, cubertería ahondando platos, impactos del vino en la madera, con algún puñetazo en la mesa en la animada discusión política-futbolística, rematado todo ello con algún resto de cisterna lejana desde los retretes del piso bajo.
Se fumaba junto al postre de flan con nata mientras el padre sonreía a sus hijos y ya eran los deportes en la tele, y el señor anciano observado a su espalda por el hermano mediano hacía una pausa entre sorbo y sorbo del cortado, casi en armonía con el resumen de cada gol.
Y llegaba el momento en que sin dejar de mirar las imágenes levantaba la mano, y como una consecuencia inapelable de ese gesto aparecía el jefe que le ponía la suya en el hombro mientras que con la otra recibía un billete; hablaban varias frases, el señor anciano giraba el rostro y en la última fase de la conversación asentía, solo eso, y de nuevo como un resorte no escrito, automatizado que significaba un hasta mañana, el jefe se retiraba guardando el dinero con cierta gracia en el bolsillo, el comensal se levantaba, se colocaba el gabán y recogía ese periódico doblado del asiento para ocultarlo de inmediato en la prenda, llevándose con él ese misterio que por alguna razón despertaba en el joven que le escrutaba.
Hasta que en un día de frío intenso y apagado, con el salón abarrotado y con todos los calefactores enchufados, el señor anciano decidió pedir solo medio menú, que terminó a medio camino de las noticias cuando la crónica internacional, cuando en el resto de las mesas era el momento de ir acabando el segundo; le dio el mismo billete al encargado a pesar de la reticencia inicial de este, le estrechó la mano a la vez que parecía desearle suerte; se colocó el abrigo y dejó el periódico encima de la mesa a la vista de todos, mejor dicho del hermano mediano que, boquiabierto y con el escalope a medio camino del gaznate, veía como se aproximaba a su mesa y era saludado por el señor anciano mientras le decía -”lo siento pero dentro de poco me verás en el periódico, cuida de tus padres y hermanos”-; tras verlo desaparecer por la puerta camino del gris del día, sin poder refrenar el impulso de levantarse y con la excusa de ir al baño pudo comprobar que estaba abierto por la sección de esquelas y que alzando la mirada apenas se veía la tele, sino un espejo oculto a su vista en una de las columnas de la estancia, y dentro su padre y hermanos murmurando, observándole.

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