El montacargas, el ascensor

 


No sonaban igual, ni olían igual, porque no es igual un cubo de basura rellenándose piso por piso ni una colonia a granel de la droguería del barrio que lo que desprende un abrigo a medida, un destilado de marca completando huecos detrás de las orejas. No es igual un muelle engrasado que cierra solo con elegancia, atrapando los mejores efluvios del calzado y los metales luminosos, que el portazo pertinente para poder hacer uso de la botonera en cada parada, donde las zapatillas de loneta giran por el resquicio entre la colección de residuos y las paredes de chapa como bailarines en el escenario.
No brillaban igual, no era igual entrar en un ambiente de dorados y reposabrazos que subía y bajaba con suavidad que en un galvanizado barato y gris, viva expresión de la inercia brusca, del miedo al hueco que abajo vivía.
El mono azul, el cigarrillo a medias sacaban la basura al fin de la jornada y acordonaban paquetes de periódico a duro el kilo, pero antes de mañana escalaron escaleras a golpe de escoba, entretanto el traje azul marino, la camisa gris recogieron noticieros con olor a orden y buenas costumbres, repartieron epístolas pero sobre todo la más aburrida correspondencia de banco, engrasaban cerraduras, ahorraban facturas de combustible con el estudio de calderas enterradas en hollín; la sonrisa bajo el bigote saludaba y escuchaba, a veces tragaba pero sobre todo pasaba, y llegaba el mediodía donde la mujer-fiel apoyo laboral cubo en mano y recogedor la mayor parte de los días-, los hijos ya por el postre antes del colegio, el cocido, el arroz blanco o la sajonia para la comida; a la vuelta vespertina la conversación con su gata como fuente de calor junto a la estufita del altísimo chiscón, donde una cierta intimidad se abría paso entre idas y venidas de carteros, vecinos, obreros, al fondo crónicas radiofónicas y libros para matar el tiempo. Y tras la jornada subía de nuevo al hogar donde la mujer-fiel apoyo laboral bayeta en mano y multiusos la mayor parte de los días-, los hijos a veces ya durmiendo, el puré, el filete ruso o la pesca para la cena. El momento de las anécdotas de los compañeros, los señores y señoras vecinos, a veces el disgusto, el hastío, en otras el contento, la perspectiva de unas horas en el pueblo tras el viernes.
Sucedió, entre tantas otras cosas al cabo de tantos años de servicio, que el reluz de la botonera y demás adornos del ascensor era mancillado con cierta frecuencia por algún vecino aficionado al lanzamiento y frotado de saliva, lo cual suponía el continuado disgusto del lado de la portería. Había fundamentados indicios del causante de semejante pasatiempos y se podría decir y gritar o ir a quejarse al jefe de casa ante la callada o indiferencia general, pero tres hijos, una discapacidad laboral que impedía lo que se sabía hacer-el campo-, por lo que a dónde vamos, habrá que aguantar, no hay que disgustarse.

Pasa el tiempo, el ascensor, el montacargas, siguen subiendo y bajando como la vida misma. Tiempo sobrado para estudiar los hábitos del vecino en cuestión.
Regresa los sábados sobre las cinco de la madrugada, es pleno verano, la mayoría de viviendas en sus otras residencias estivales incluidos sus padres con los que convivía, solo los vecinos del bajo-antiguos compañeros de intercambio de cromos y tebeos-, 2º B y 4º A; el señor del bigote y su esposa en el pueblo unos días que se les debían, lejos los tiempos de la atención 24 horas 7 días a la semana en la práctica.
La mayor ya se independizó, quedan los dos hermanos que tienen sudor ya a esas horas y cierta tensión, y paciencia, y una llave, y conocimientos básicos de electricidad. Esperan en el cuartucho enfrente del cuadro eléctrico con un pequeño ventilador y cómics a la luz de un flexo. La hora está cercana y en efecto a las 04:53 suena el mecanismo, se miran y asienten, comienza el cronómetro y al gesto del mayor el pequeño desconecta un resorte, desatornilla una clema, todo se para; nuevas miradas, salen y cierran la puerta del cuarto tras ellos.
La cabina, de las de antes sin puertas interiores, se ha detenido en un interpiso de bruces con un granito impermeable al sonido de los golpes, de las voces que a oscuras su habitante empieza a proferir. El eco de los puños en las paredes metálicas a la altura del quinto las pueden oír en lejanía los hermanos, y quizá levemente como susurros de la noche los del cuarto, por su sordera y por su sobreentendida complicidad de años.
No había móviles, no había botones que te conectaban con una moderna centralita, no había ningún interés la mañana siguiente en los escasos usuarios saber qué le pasaba al ascensor, no queda otra pero hay montacargas, ganas de ejercitarse subiendo un tramito de escalera, los porteros no estarán que es domingo.
Doce horas es suficiente, por lo que tras la siesta el mayor abre la puerta, el pequeño conecta un resorte, atornilla una clema, salen y cierran la puerta del cuartucho tras ellos, el mayor baja al sexto y pulsa el botón tras lo que sube a la carrera escaleras arriba para no ser visto.
Bajan al rato, y con mucho gusto comprueban el charquillo de orín, el olor a heces y alguna que otra abolladura pequeña en la cabina, poco perceptible. Lo recogen sin ruido y lo ambientan con colonia a granel.
Al atardecer regresan los padres qué tal todo por aquí, -todo bien-, ¿qué tal las fiestas en el pueblo? -muy bien, mucha risa en la plaza con los amigos, vimos a etc. y etc. volvimos a casa sobre las cinco de la mañana-, los hermanos se miraron.
A partir de ese día en virtud de quien sabe-salvo los hermanos- solo usaba el montacargas a pesar de que no daba mucho pie a la decoración con babas, no había reposabrazos, no había dorados, solo el galvanizado mate, gris, barato.
Los hermanos siempre sospecharon que sospechaba pero todo quedó en que nadie supo nada, para mayor humillación del encerrado cada vez que se cruzaba por casualidad en el portal con ellos.
A los pocos meses modernización de la finca, nuevas cabinas con puerta de seguridad interior corredera, sin metales brillantes dentro ni fuera ni reposabrazos, eso ya no se lleva, ahora la botonera con cuero sintético acolchado antimanchas, botón de alarma interior, mecanismos de seguridad antes cortes de corriente... lo cual suponía el continuado alivio del lado de la portería. Y pensar cada vez más en su vacaciones porqué no a una playa, en sus fines de semana al pueblo.

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