El montacargas, el ascensor
No sonaban igual, ni olían igual, porque no es igual un cubo de basura rellenándose piso por piso ni una colonia a granel de la droguería del barrio que lo que desprende un abrigo a medida, un destilado de marca completando huecos detrás de las orejas. No es igual un muelle engrasado que cierra solo con elegancia, atrapando los mejores efluvios del calzado y los metales luminosos, que el portazo pertinente para poder hacer uso de la botonera en cada parada, donde las zapatillas de loneta giran por el resquicio entre la colección de residuos y las paredes de chapa como bailarines en el escenario. No brillaban igual, no era igual entrar en un ambiente de dorados y reposabrazos que subía y bajaba con suavidad que en un galvanizado barato y gris, viva expresión de la inercia brusca, del miedo al hueco que abajo vivía. El mono azul, el cigarrillo a medias sacaban la basura al fin de la jornada y acordonaban paquetes de periódico a duro el kilo, pero antes de mañana escalaron escaler...