Los preparativos

 



Descendió con determinación hacia el espacio de las pequeñas cosas, los pequeños seres, que se amontonaban alrededor de calderos calientes, viejos encantamientos que silbaban y acababan su camino entre los huecos de los árboles.

Los preparativos estaban en marcha ante la inminente llegada de los importantes, pues querían llevarse las siluetas tras la luz de la hoguera, la tradición oral alrededor de las bancadas de madera envejecida y los alimentos macerados con lentitud, como cuando se observa un amanecer en la tierra de los insignificantes, habitantes de los rincones anónimos.

Según pudo comprobar todos estaban preparados y coordinados, cada unidad tenía el plan inculcado en su ser con una idea fija en sus mentes: en equipo podrían conseguirlo, con el valor de cuando casi todo está perdido.

Las aves del amanecer se marcharon con la llegada del viento furioso, electrizado por el compás de las ondas de fuerza que doblegaban árboles y demás elementos, como una lluvia de pensamientos densos.

Todos temblaron en los niveles inferiores, porque arriba la traducción del mundo ya se estaba haciendo bajo su lengua de terribles sonidos, porque comenzaba la época de la palabra única.

Se colocó en el pedestal del centro del sótano en semioscuridad y miró fijamente sus rostros ennegrecidos, de los que solo se distinguían los ojos abiertos como lunas; invocó quien sabe qué talismán, quizá simplemente fue una respiración nerviosa que sin querer pareciera el gesto que casi nadie pudo ver pero que todos asumieron como cierta, y con ese chasquido incierto como señal de la superación del pavor emergió al asalto una estampida desenfrenada desde las trampillas, los escondites, las esquinas imposibles: empujados por el aluvión de su propia fe emergieron todos al exterior, como una bocanada desde las trincheras del subsuelo.

Se posicionó y observó la lucha desigual, el enfrentamiento bajo un cielo muy lejano envuelto en lamentos de gargantas perdidas; se adentró en el tiempo indeterminado en que suceden las cosas, las que pueden ser las últimas cosas, doblegó y repelió en las cuatro direcciones hasta que algo cesó en su interior, en un instante todo se hizo más lento y se apoderó de él un vacío que invadió al fin los alambiques, las alacenas, los pequeños libros donde ya se contaba esta historia repetida; poco a poco en su agonía comprueba como tantas otras veces que los restos de sus cuerpos son cenizas para alimentar el lodo, los sótanos en los que mora su hogar, los hogares de los pequeños habitantes, y que sus almas no van al cielo y se convierten en aire insípido sino que descienden a las profundidades, a las cavernas donde los rescoldos viven, y envuelto en la épica de la derrota que no es cierta o el regreso, descansa.


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