El pececillo de plata



Un tratado de filosofía medieval con un espléndido lomo descosido, a esa hora de la tarde-noche en que la oscuridad se va apoderando es todo lo que se necesita tras los pasos arrastrados del librero, cuyas gafas de pasta carey dan el último vistazo del día a los estantes repletos de palabras. Los portones se estremecen tras el rechinar de los goznes, del ventanal entran luces de colores y es el momento de recorrer ese olor a tinta, a celulosa descompuesta, tolueno y furfural. A fuerza de recorrer pliegues y párrafos acartonados, costuras sueltas, el pececillo de plata aprendió a distinguir las grafías de antiguos idiomas, el pulso del amanuense y algunas sabidurías ocultas. Sus antenas y sus pulsos menudos brillaban en las sombras y se nutrían de espacios en blanco y resquicios hasta el amanecer, donde tocaba moverse al refugio en los volúmenes del fondo.
En una mañana otoñal un erudito quiso acceder a un ejemplar único, y ojeando absorto con las yemas de látex encontró una ilustración de un bosque medieval de la que surgió un pequeño insecto lunar que a su distraída mente se le apareció como una bestia inmunda, el libro cayó al suelo, varias partes se descompusieron en el impacto, el librero profirió un grito de horror, el erudito quedó petrificado, y fue el final de aquel milagro insólito de la desconocida historia de los pececillos de plata, y que estos en su memoria colectiva siempre cuentan a la luz de la luna alrededor de las tapas de pan de oro, una vez que se cierran las grandes puertas.

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