Nubes de occidente



El maestro desenvainó su espada muy despacio, dejando que las nubes de occidente se tiñeran de un rojo liviano.
Su mirada absorta en el horizonte inundaba la retina de Mikao, el aprendiz, estremecido por el extraño juego de sombras y luces entre la figura humana y ese horizonte en posición de estiramiento, cada vez más cercano, más opresivo.
Instintivamente se alejó unos pasos de esa especie de escenario a medio camino entre el teatro de sombras y la estela de las luciérnagas.
El arma cortaba cada vez con más precisión la porción del espacio donde el disco solar en su cansancio luminoso doraba la frontera del metal, reflejando con precisión las pupilas del maestro.
Mikao siguió retrocediendo, y de una manera casi anunciada tuvo la certeza de que la espada gobernaba la mano y ya no la mano a la espada, de que aquella danza ritual en la muerte de la luz fue el momento elegido, el tiempo propicio para esculpir la distancia de su propio miedo, ese miedo del instante en que el maestro se estaba despidiendo.



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