El señor de la sopa

 



Aquel caño de cobre y mecanismo duro como un balonazo en la cabeza era sin embargo el maná que todos buscaban tras la fatiga del último esfuerzo por llegar de los primeros a la fuente pública. A varios veranos de distancia todos recordaban cómo al verlos llegar les decía con su aspecto rotundo de torso y hombros tostados que había que lavarse y refrescarse, y que luego al llegar a casa lo primero sería comer ese gran plato de sopa que estaría ya esperando en la mesa; y aquellas carcajadas mientras pasaba su mano repleta de agua como un balde por la cara, por el tronco desnudo, como si fuera un animal satisfecho. Se apartaba retorciendo la camiseta que acababa de lavar y con más orden y contención de lo que podía esperarse los chavales se mojaban la cabeza, apretaban el metal y saciaban la sed, la pelota no dejaba de botar o rodar entre turno y turno a la escasa sombra de los árboles mientras el señor de la sopa organizaba la colada sobre un banco y con ese acento lejano no dejaba de preguntarles como fue el partido, cómo iba la vida.

Pasa el verano y en los atardeceres livianos del invierno Garay, Bolaños y Román van a la pared del museo a usarlo de frontón hasta que llegue el vigilante usurpador de balones. No hay nadie en el parque salvo las sirenas del hospital cercano y el eco de los golpes que se extinguen a lo lejos; en un lance del juego el rebote se alimenta de un ladrillo en punta, un peldaño sobresaliente, una papelera giratoria, y tras ellos Bolaños corre, salta un seto, salva en giro un lauro y tras este un sobresalto, un banco y alguien que parecía estar tumbado reacciona y se incorpora ante la llegada del chico; se quita la capucha deshilachada y se aparta el cabello blanco a media melena, recoge el esférico a una sola mano mientras Román y Garay llegan para detenerse junto a Bolaños. Le reconocen y él hace lo mismo, les pregunta por todos los muchachos, les explica que la fuente está cerrada por el hielo pero que no hay necesidad de agua ni de alivio, ellos le cuentan que ya no hay partidos por las vallas nuevas que colocaron a primeros de otoño, y por los deberes, y por el cambio del colegio al instituto; poco a poco con el fluir de las palabras se acercan cada vez más y le miran con mayor asombro, y les mira bajo la capucha deshilachada que ha vuelto a colocarse ante la brisa que trae la caída del sol y que levanta unos cartones apilados a un lado del banco, y que trae las pisadas del vigilante sobre las hojas de chopo, que tras girar solo es capaz de intuir un balón tras la poderosa mano del encapuchado que le observa fijamente, por lo que balbucea algo hacia los chicos que no se entiende y decide dar media vuelta.

Le dan las gracias antes de salir corriendo con la bola por la calle trasera del hospital.

Y nos contaron tras todos esos veranos de distancia cómo el señor de la sopa les gritó a sus espaldas algo en su idioma, algo que no entendieron, se dieron la vuelta y en su memoria quedó anclada su enorme silueta riendo a carcajadas, difuminada como los jirones oscuros sobre fondo pastel del cielo. 


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