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El pececillo de plata

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Un tratado de filosofía medieval con un espléndido lomo descosido, a esa hora de la tarde-noche en que la oscuridad se va apoderando es todo lo que se necesita tras los pasos arrastrados del librero, cuyas gafas de pasta carey dan el último vistazo del día a los estantes repletos de palabras. Los portones se estremecen tras el rechinar de los goznes, del ventanal entran luces de colores y es el momento de recorrer ese olor a tinta, a celulosa descompuesta, tolueno y furfural. A fuerza de recorrer pliegues y párrafos acartonados, costuras sueltas, el pececillo de plata aprendió a distinguir las grafías de antiguos idiomas, el pulso del amanuense y algunas sabidurías ocultas. Sus antenas y sus pulsos menudos brillaban en las sombras y se nutrían de espacios en blanco y resquicios hasta el amanecer, donde tocaba moverse al refugio en los volúmenes del fondo. En una mañana otoñal un erudito quiso acceder a un ejemplar único, y ojeando absorto con las yemas de látex encontró una i...

Nubes de occidente

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El maestro desenvainó su espada muy despacio, dejando que las nubes de occidente se tiñeran de un rojo liviano. Su mirada absorta en el horizonte inundaba la retina de Mikao, el aprendiz, estremecido por el extraño juego de sombras y luces entre la figura humana y ese horizonte en posición de estiramiento, cada vez más cercano, más opresivo. Instintivamente se alejó unos pasos de esa especie de escenario a medio camino entre el teatro de sombras y la estela de las luciérnagas. El arma cortaba cada vez con más precisión la porción del espacio donde el disco solar en su cansancio luminoso doraba la frontera del metal, reflejando con precisión las pupilas del maestro. Mikao siguió retrocediendo, y de una manera casi anunciada tuvo la certeza de que la espada gobernaba la mano y ya no la mano a la espada, de que aquella danza ritual en la muerte de la luz fue el momento elegido, el tiempo propicio para esculpir la distancia de su propio miedo, ese miedo del instante en qu...

El regreso

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Las luces rasgaban la oscuridad como depredadores de la noche, focalizando su objetivo con la precisión de la línea recta. Siguió corriendo, rompiendo el espacio entre los edificios rotundos, creyendo de manera fugaz en algún portal abierto que le permitiera esquivar el acecho de sus perseguidores, que tratarían de arrinconarle, deslumbrarle con sus focos para cumplir su destino. Por eso en cada vuelta de esquina su corazón incrementaba el ritmo de huida, miedo a caer en un callejón con pared insalvable, un tropiezo definitivo. La gente, ¿dónde estaba la gente? Desaparecieron, accedieron a sus escondites tan rápido que las avenidas quedaron desiertas, nadie podía atreverse a ayudarle. Decidió girar hacia la zona más estrecha, amparado en el entramado de callejuelas y cuestas que a modo de laberinto era el mapa por el que sus pasos y la fortuna debían guiarle; se internó a trompicones, dejando aceras y cubos de basura, girando para comprobar que las linternas seguían buscando ...

¿Por qué muge la oveja?

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¿Por qué y para qué muge la oveja? ¿A alguien le puede interesar esta anomalía? Aunque no es un caso ni mucho menos insólito y es muy poco original, intentos e incluso logros los hay muchos días, pero la pregunta es natural y se fundamenta en la extrañeza, recurso del que a su vez toda oveja que muge se precia. Las ovejas ya tienen su propio modo de expresión que es el balado, ¿qué sentido tiene entonces mugir en vez de balar? ¿para qué esforzarse en lo primero y descuidar lo segundo? Parece un acto destinado a complicar más las cosas de lo que ya son. Será por un trastorno de personalidad que la empuja a intentar ser lo que no es, pasar de lo ovino a lo bovino, tan solo una letra separa dos formas de existencia...Será una manera osada e ignorante o peor aún, pretenciosa, de querer reinventar su redil particular, su ejercicio de borrego responsable. Pero la terquedad se abre paso y se atreve incluso a invitar a otros a ejercer su propio mugido, y de paso ir creando mesn...