El regreso
Las luces rasgaban la oscuridad como depredadores de la noche, focalizando su objetivo con la precisión de la línea recta. Siguió corriendo, rompiendo el espacio entre los edificios rotundos, creyendo de manera fugaz en algún portal abierto que le permitiera esquivar el acecho de sus perseguidores, que tratarían de arrinconarle, deslumbrarle con sus focos para cumplir su destino.
Por
eso en cada vuelta de esquina su corazón incrementaba el ritmo de
huida, miedo a caer en un callejón con pared insalvable, un tropiezo
definitivo.
La
gente, ¿dónde estaba la gente? Desaparecieron, accedieron a sus
escondites tan rápido que las avenidas quedaron desiertas, nadie
podía atreverse a ayudarle.
Decidió
girar hacia la zona más estrecha, amparado en el entramado de
callejuelas y cuestas que a modo de laberinto era el mapa por el que
sus pasos y la fortuna debían guiarle; se internó a trompicones,
dejando aceras y cubos de basura, girando para comprobar que las
linternas seguían buscando proyectarse en el sudor de la nuca. En un
mal paso cayó de cabeza pero en un acto instantáneo se había
elevado de nuevo como un resorte lejos del pavimento y continuó
corriendo, notando que las fuerzas empezaban a quedarse atrás.
Al
cabo de unos minutos el desenfreno de la supervivencia dio paso a un
haz de consciencia, en el que sintió el tacto tibio de la brecha
punzando su frente, llevar bastante distancia recorrida por la misma
calle y lo más importante, la ausencia aparente de los
perseguidores. En efecto volvía la mirada ansiosamente y no había
rastro de luces ni pasos lejanos; animado por el ímpetu de
quizá estar alejándose del peligro y a pesar de su agotamiento
prosiguió a través de la calle lóbrega, con el único sonido
recurrente de sus pasos sobre los charcos como grandes gotas
olvidadas.
En
su avance cada vez más angosto los brazos comenzaron a rozar las
paredes suavemente, ya no había portales ni ventanas, todo era un
muro continuo, su único objetivo de huida había ocupado su mente
por completo, ahora es cuando empezaba a orientarse respecto a lo que
le rodeaba.
Se
desplazó algo más lentamente tratando de ubicarse físicamente,
descubrió con sorpresa que se encontraba cómodo envuelto en aquel
pasaje cálido, envolvente, tal vez fuera un mecanismo de defensa
mental tras el horror de su persecución, o el resultado de la
relajación tras la tensión. Prosiguió, miró hacia el cielo y se
percató de que su oscuridad era tal que apenas se distinguía del
entorno, en realidad no estaba seguro qué es lo que sus ojos estaban
enfrentando, en realidad tuvo que empezar poco poco a encorvarse para
poder continuar, cada vez más inclinado como si hubiera accedido a
un túnel tapizado de una materia untuosa y atrayente.
Atrás
quedó el peligro, las luminarias y sonidos de la ciudad, ahora solo
quedaba dejarse acoger por la sensación extrañamente familiar de
sentirse protegido, envuelto en – porqué no decirlo- una
elasticidad amorosa.
Su
mente aturdida trató de preguntarse por la lógica de todo ello con
torpeza, cada vez con menos control de sí misma; el cansancio le
detuvo y se tumbó recogiendo piernas y brazos ocupando un escaso
hueco, quizá el que restaba disponible.
Cerró
los ojos, acomodó sus extremidades en el menor espacio posible
rodeado de unas paredes húmedas que le abrazaban, descansar,
descansar... Fue consciente de percibir la flotación de su cuerpo
menguante en un gel sedoso hasta que sus sentidos entraron en
anestesia; no pudo seguir pensando, sus conceptos y asociaciones
lingüísticas, los recursos de su memoria se fueron apagando,
entregándose a la paz de una inconsciencia atemporal, donde solo se
perciben ecos lejanos y una respiración que le da la vida...
Hasta
que repentinamente, transcurrido un tiempo imposible de medir, una
convulsión, un todo que con brusquedad se ensancha de nuevo como un
embudo imposible de detener por el que se amplifica un ruido de mil
fuentes, la martilleante luz, más luces, de nuevo más luces bajo
las que irrumpe un llanto, el suyo, bajo una sombras muy altas,
difusas, que atentas a su presencia le sostienen por las piernas.
-"Ha
sido un niño"

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