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Al fondo del buzón

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  El sonido característico a metal dilatado por las tardes veraniegas de poniente resultaba ser el envoltorio que necesitaban esos mensajes, aquellos manuscritos destilados de la memoria, de los anhelos y proyecciones propias del momento; el buzón giraba en esa conjunción extraña de materia y vacío en su puerta, dentro ofertas de dos por uno, dentro mayores y saldos bancarios, han abierto una peluquería nueva en el barrio, calendarios con desatrancos y fontanería 24 horas, al fondo una carta, ese sonido de carta con aroma a sello regio, a solapas engomadas y tinta recorriendo bucles, rectas, óvalos. Escritura, género epistolar. Descubrir el destinatario, el remitente, más que descubrir re-descubrir, la paradoja de algo no escrito como intuición de que tocaba sentarse en el estío de esos años a volcar aquello que no sabía igual en el teléfono fijo o en el cara a cara, porque había cosas que su medio de expresión necesariamente era aquél que recorrería kilómetros y que durante el tra...

El informe

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  Aquí también hay tardes que pasan muy despacio, y momentos en que parece que sucede algo, hay balcones donde asomarse, prisas y miradas que lo dicen todo, se nota la indiferencia y el tedio está instalado sin más préambulo. Las estatuas están bastante repartidas y llaman la atención por el intenso gris que las culmina. Sin duda estamos en el lugar adecuado aunque de momento sin descubrir nada. Se pasa desapercibido porque el acento es común en esta barriada, y el horario nocturno permite quedar solo y observar bastantes horas de actividad sin sospechas. Tendrías que verlo, a pesar del frío lleva vestidos cortos, su pelo ahora es rubio claro y es posible que bajo el pañuelo de flores lo lleve bastante largo, sonríe con frecuencia a los clientes y el jefe parece contento. Al pasar por la puerta y parar con disimulo para encender un fósforo te gustaría el olor a alimento fresco y el sonido al envolver los panecillos calientes. T e escribo para contarte lo que debía contarte; aq...

La ventana siempre a la derecha

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  No recordaba con exactitud desde cuándo tenía la necesidad pero debía ser hace años, cuando la oscuridad de la noche dominaba las horas de sueño en la habitación de sus al menos tres diferentes domicilios, de los moteles en los que pernoctaba con motivo de su trabajo como visitador médico, de las alcobas en las que compartía lecho con prostitutas de cierto nivel. Por una casualidad reincidente o más bien por intención inconsciente la ventana estaba ahí, a su derecha. De manera casi ritual sabía que tenía que despertarse en la madrugada, en la hora del silencio o de los restos de ecos extraviados; y esperaba a la dilatación de las pupilas, y como una revelación poco a poco el contorno, las rendijas de la persiana enmarcando una brisa estival, las filtraciones de las cortinas repeliendo la helada que silba del otro lado. Lo escrutaba apoyado en su costado derecho, y en esa leve discontinuidad de la sombra olvidaba lo que respirara a su espalda, que en forma de pasatiempos, o de se...

El vaso de agua

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  Aquel verano empezó como el anterior, al menos yo lo recordaba así. El trayecto de mi casa hacia el edificio contiguo al hotel Maracaibo siguiendo el mismo trayecto, los mismos cruces y arbolados; todo parecía idéntico, producía la misma sensación que el año pasado, pensaba yo, como si la temporada de invierno escolar hubiera sido un breve paréntesis sin mayor importancia, como si no hubieran pasado nueve meses sino tan solo una noche de duermevela. Quizá el tiempo está empezando a pasar demasiado deprisa, iba diciéndome autocomplaciente sabiendo que en el fondo no era así, que esa sensación no era del todo cierta, y que en verdad estaba contento y expectante porque acababa de empezar el verano, aunque un verano que se preveía igual que el anterior; en su mayor parte urbano, en muchas fases aburrido a lo largo de numerosas tardes interminables, unos días de chicas cada vez más atractivas y lejanas, de miedos inconexos que iban dominando las relaciones sociales, aunque todavía per...