La ventana siempre a la derecha
No recordaba con exactitud desde cuándo tenía la necesidad pero debía ser hace años, cuando la oscuridad de la noche dominaba las horas de sueño en la habitación de sus al menos tres diferentes domicilios, de los moteles en los que pernoctaba con motivo de su trabajo como visitador médico, de las alcobas en las que compartía lecho con prostitutas de cierto nivel. Por una casualidad reincidente o más bien por intención inconsciente la ventana estaba ahí, a su derecha. De manera casi ritual sabía que tenía que despertarse en la madrugada, en la hora del silencio o de los restos de ecos extraviados; y esperaba a la dilatación de las pupilas, y como una revelación poco a poco el contorno, las rendijas de la persiana enmarcando una brisa estival, las filtraciones de las cortinas repeliendo la helada que silba del otro lado.
Lo escrutaba apoyado en su costado derecho, y en esa leve discontinuidad de la sombra olvidaba lo que respirara a su espalda, que en forma de pasatiempos, o de servicio bien prestado, o de la nada directa formaba parte indisoluble de todo lo demás.
Al cabo del tiempo se convirtió en un recurso, de manera que a la hora de la reserva en los establecimientos hoteleros durante sus desplazamientos a lo largo de la geografía nacional uno de los requisitos era la existencia, posición y ubicación del ventanal, orientado al este o al sudeste, y a ser posible sin cortinas opacas, aunque esta opción se solucionaba con facilidad desplazando la masa de tela, para dejar la verticalidad suficiente al acceso de la luz.
Era así de sencillo, de inquietante tal vez, pero intentaba alejarse de cualquier simbolismo fácil, de las lecturas psicológicas complejas, quizá un modo de identificarse a sí mismo a modo de espejo donde verse reflejado y expuesto; eso es, eso es, pensaba mientras en el silencio sentía el sonido acuoso de las órbitas de los ojos desplazándose, tratando de rememorar el origen que podría atisbar en esas tardes de juegos infantiles en solitario, en las que el entretenimiento era la captura de moscas vivas para encerrarlas en una cajita de metacrilato transparente y observar su reacción a la claridad mientras volcaba o cambiaba de dirección el recipiente; de modo invariable se manifestaba la necesidad vital de ese diminuto ser en sus manos, de alguna manera la necesidad de poder controlar algo en ese momento de su vida, estar seguro de una causa y un efecto directo, inmutable.
Era el momento de volver a conciliar el descanso, de girar para el otro lado donde el muro continuo y cegador, donde un cuerpo recién conocido o no, donde unos papeles para la reunión de mañana ordenados o no, pero con el sosiego de estar arropado del otro lado por esos átomos de luna, de farola, de astro que titila tan lejos y que como un hilo de vida le esperarían al día siguiente, mejor dicho la noche siguiente, hasta el momento de saber qué o quien manejaba ese metacrilato invisible pero seguro que le rodeaba.

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