El analista de pasos
Con el paso del tiempo su habilidad le sorprendía a sí mismo. La rutina, demoledora impaciente de sus mismas esquinas, semáforos, niños jugando en la calle (cada vez menos) hacían de su memoria un contador de pasos preciso y fiable. Desde la oficina de correos al banco eran tantos pasos de media, desde la antigua editorial hasta la parada del autobús 21 tantos otros, y así hasta varias ubicaciones, todo memorizado; pero además tenía observado las posibles variaciones en dichas cifras: en función de la lluvia, el día de la semana, la cadera delante como un péndulo que retarda la marcha, o los aromas, sí, había aromas que incrementaban la frecuencia de los pasos, como el de las frituras del bar de azulejos empañados, mientras que otros invitaban a una cadencia menor como el del café empaquetado de la hermosa tienda estilo colonial.
Durante un tiempo le fue suficiente, pero pronto lo insípido de cada día volvía a dominarle hasta que se planteó analizar no sus pasos, sino los del resto de transeúntes, sí, pasaría de contar sus propios pasos a nada menos que cualificar los del resto haciendo un análisis estructural con tan solo escucharlos acercarse por su espalda, o manteniéndose a la altura de la misma; tal era la envergadura de su nuevo propósito que al principio lo tomó como una locura, un absurdo - ¿estaré en mis cabales? - se preguntaba, pero entre los -toma lleva este paquete urgente a correos, ve a esta dirección ya a recoger un pedido-, y los -no te demores te están esperando, recuerda el compromiso de entrega-, dejó de titubear y comenzó a concentrarse en ello.
Los resultados no se hicieron esperar, a las pocas semanas sabía distinguir con cierta fiabilidad la edad de la persona que se acercaba hasta superarle (que por lógica eran más jóvenes que él o no mucho mayores, aunque le sorprendió comprobar la buena forma de algunos ancianos, o la no tan buena de sí mismo). Transcurridos unos meses cada vez era más preciso en el margen de error de la edad, y comenzó a distinguir taras físicas a las que él sin duda catalogaba como tal desvío de la columna aquí, tal operación de rodilla allá... Características que luego con bastante emoción verificaba cuando los tacones a la espalda le sobrepasaban y continuaban su camino.
Era el momento de pasar al aspecto sin duda más complejo, el de saber traducir las emociones, el mundo interior pensante del transeúnte anónimo, fugaz, atraparlo en el sonido de su discurrir por las aceras como quien caza una mariposa para diseccionarla. Mujer de 22 años, estudiante universitaria que viene de aprobar un examen y ha quedado con su novio del que ella sospecha le está siendo infiel, tiene ansiedad y en el fondo desea descubrirlo en persona para culparlo por todo lo que odia de él; hombre de mediana edad en torno a 45 años, murmulla en su cabeza mil ideas sobre cómo agradar a las personas que conoce, su tiempo es una especulación continua sin salida; jubilado de 72 años repasa su vida cada vez con mayor agitación, sintiendo la ansiedad de las ocasiones perdidas...
Cada vez mejor, cada vez más sorprendido de la posible calidad de sus predicciones, para bien y para mal, porque comenzaba a sentir mayor empatía por las emociones de aquel ejército de seres que compartían con él asfalto y neones de ciudad, triunfos y derrotas, con una sombra de obsesión que hacía tiempo pendía sobre su cerebro.
Una noche solitaria mientras regresaba a su apartamento desde la cantina donde se refugiaba a veces, interrumpió sus cavilaciones al escuchar nuevamente unos tacones que casi repentinamente se abalanzaron sobre sus oídos entrenados, describiendo un perfil extrañamente familiar, hasta ahora oculto como si fuera una erupción en su inconsciente; se atrevió a pensar que.. que podrían ser los pasos de un asesino, un asesino latente, sin causa, con objetivo permanente. El golpeo era cada vez más intenso en el eco de la madrugada vacía. Era la primera vez que su análisis le llevaba a tal conclusión y comenzó a sentir un miedo primario, atroz, se dio la orden de no girar y comenzar a correr tan rápido como su ebriedad se lo permitiera, pero al abordar una esquina y sentir la proximidad ya palpitante tuvo el gesto instintivo de darse la vuelta, de verse cara a cara con quien fuera la causa de su pavor.
Solo farolas y luces difusas a ambos lados de la avenida en silencio, bruma, nadie más que él respiraba, nadie más que él estaba andando muy deprisa hasta hace un momento, doblando la esquina.

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