La luz de las dos de la tarde, viernes
En religión hacia las dos y media de la tarde, última clase de la semana, la claridad de los ventanales de la izquierda caía sobre las piernas de Sonia que cada viernes quedaba y yo lo sabía, quedaba a la salida con un tipo alto y de cara satisfecha que venía de otro instituto varias manzanas más arriba, en una zona desconocida por mí, por la mayoría. Pero también sabía que la luz promisoria y tediosa del fin de semana entraba a medida que se iba acercando la mitad de la primavera a un mes y medio del final de curso, dando vida a las piernas de Sonia o de su compañera Belén, que también comenzó a llevar minifalda los jueves a partir de mayo; aunque a ella no la recogía nadie en la salida sabíamos que quedaba con algún otro que prefería mantener en el anonimato y al que vería tras el revuelo de la salida a una distancia prudente, que nunca nos preocupamos en seguir. Aquella clase donde se hubiera podido hablar de algo tan misterioso se convertía en bostezo gracias al método empleado, a la “didáctica” de leer y releer con monotonía un texto que no transmitía nada. Me entretenía en seguir los giros de las primeras aves del calor -o aves del recuerdo- y las motas de polvo tamizadas, mientras de fondo los pensamientos iban a cabellos soñados sobre espaldas a la distancia de una mano que les diera sentido.
A la salida de nuevo el revuelo en las escaleras, los últimos empujones e improperios, mañana por la mañana otro partido de fútbol a la hora de siempre, la especulación de quien haría qué para pasar el tiempo hasta el lunes, cavilación tras cavilación cuando encontré a Sonia sentada y llorando en el banco de la papelería, un lugar ya lejano para la mayoría pero que estaba en mi trayecto de regreso a casa. A solas me quedé mirando, a solas observé su gesto cuando levantó la vista para clavarla en la mía y en un par de segundos comprendí la fealdad del desamor y de la traición por encima de la amistad; con extrema timidez pregunté y entre sollozos me pidió que por favor me sentara con ella, su cabeza apoyada en algún lugar de mi chaqueta, sus manos tensas, y pegado a su cuerpo el aliento se escurría de mi boca como una chimenea, su amargura era para mí un momento dulce y supremo porque a la vez imaginé la espalda de Belén acariciada de verdad por el mismo que estaba en la cabeza de Sonia, sentí el alivio de ser instrumento y no objetivo, de la suerte de pasar por allí.
Todo terminó a los veinte minutos y nada empezó, no hubo partido el sábado por los chaparrones, el domingo apenas era papel con una cifra en rojo, al lunes siguiente todo seguía igual salvo que hubo un cambio de sitio y ya no estaban juntas Belén y Sonia, aunque por suerte para mí la que permanecía era Belén que siguió vistiéndose para la cita de los jueves, los viernes, y cada vez hacía más sol por la ventana.

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